“Elizabeth de 34 años, trabaja para el futuro de sus hijos”
Elizabeth Torres, una mujer “echada pa´lante”, no es reconocida en el mundo de la farándula, su único objetivo es sacar adelante cuatro de sus cinco hijos, digo cuatro porque el mayor tiene 19 años y es padre de un hermoso bebé de dos años y medio, vive con su esposa: “ya está grande”, dice Elizabeth con una gran sorinsa, a la cual le faltan unos cuantos dientes.

En Colombia es habitual ver que muchos pasen por encima de otras personas, sin detenerse a ver el ser humano que llevan en su interior.
Muy pocas personas se interesan por la vida de este personaje, envuelto entre verduras y frutas, ¡y para qué!; si lo que realmente interesa es cuando le vayamos a comprar, “rebaje el precio”, hasta dónde nosotros consideremos, “buen precio”.
No me importó pasar por encima de bultos de papa, pedir permiso entre carritos de mercado e interrumpir a unos campesinos tomando cerveza, diciendo el típico: “perdón, disculpe”.
Miro al frente y ella está allí: agachada, tímida, trata de pasar desapercibida frente a su entorno, se dedica a pelar zanahorias y desgranar los últimos granos de arbeja, aunque alrededor de ella la gente pasa con sus bolsas de mercado. Ella hace su mayor esfuerzo para que hoy las ventas no sean en blanco, pese a ser domingo, día de mercado en La Mesa, Cundinamarca.
Buenos días le digo, tímidamente, ella responde:
“a la orden” me mira con esos ojos que padecen de estrabismo, como si le fuera a “hacer la compra”. Quizás se desanimó un poco cuando, me presenté y se dio cuenta, que la venta por mi lado no se hacía.
Con honestidad, mis palabras la intimidaron un poco; fui muy directa, ella no sabía qué decir, se puso nerviosa, pero no por mí sino porque sus demás compañeras de trabajo la miraban sospechosamente, tanto a ella como a mí, quizás porque desconfiaban de mi presencia en este lugar.
Sentí que se rompió el hielo y se inició esa conversación amena, donde traté de hablarle acerca de mi vida, así ella hablaría sobre la suya. Mientras pelaba zanahorias y desgrana arvejas, empezó a hablarme de su rutina: nunca descansa, su trabajo va de domingo a domingo.
¿La comida la traen desde Bogotá o la cultiva en su finca?, le pregunté.
“La mercancía vamos a comprarla a Bogotá. Los lunes y los jueves salimos del pueblo a las 12:00 p.m. y regresamos a las 7:00 a.m., a seguir trabajando, hasta las 6:00 p.m., hora en que llegó a mi casa, pero la rutina no termina ahí, porque las labores de la casa no dan abasto”.
Elizabeth se trae consigo al trabajo a sus dos hijas, Mafe, de 22 meses, juguetona, no es esquiva, le agrada mi presencia, y su otra hija de 4 años, que no estaba ese domingo por estar hospitalizada por culpa de una infección en los riñones. Elizabeth se impacienta por su hija, pero en el fondo sabe que va a estar bien, aunque ella solo la pueda ver, a las 6:00 p.m.
Cuando le pregunto a Elizabeth, por el movimiento del día ella me responde entre aburrida e ilusionada: “hoy, está como flojo, pero a veces vendo 30 mil ó 40 mil. Como también hay días -toca su cabeza- que solo se alcanzan a vender 10 mil pesos y toca dar la comida a precio de compra.

Ella sabe que debe llevar “producido” a su casa; tres platos de comida la esperan, contando con el de su marido, que al igual que ella trabaja, pero no es suficiente, en este país siempre se debe tener otra “entradita de más”.
Le agradezco por su tiempo, me despido de su hija y le aseguro volverla a visitar su pequeña me da un beso en la mejilla, tomo las fotografías y observo que sus compañeras, que dudaban de mi presencia en ese lugar, sintieron celos cuando tomé las fotografías a Elizabeth.
Elizabeth, después de tanto esfuerzo, lo único que sueña es ver a sus chiquitos, ser alguien en la vida y no porque ella no lo sea, sino porque su trabajo no tiene que ser de generación en generación.
TOMADO DE : http://www.youtube.com/watch?v=sauHzVJ6bYE&feature=related
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